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Millonarios vs. Santa Fe: Por qué ganar es lo único que importa

2018-12-01T09:46:20+00:00 27 septiembre, 2018 |

Estudiante de Periodismo. Buscando vivir de contar historias sin morir de hambre en el intento. En Twitter: @horrorfosforo

3 minutos de lectura

*La opinión de los columnistas no refleja necesariamente la de Hablaelbalón.

Después del Santa Fe – Millonarios de la semana pasada, muchas personas se quejaron de lo malo que había sido el partido. “El peor clásico de la historia” llegaron a decir algunos. A mí, sin embargo, ni se me cruzó por la cabeza pensar en si el partido había sido bueno, malo o regular.

Ganar. Eso es lo único que me importa cuando Millos juega contra Santa Fe y contra cualquier equipo. Pero sobre todo contra Santa Fe.

Ese valor de ganar en el fútbol –y supongo que en todo lo demás–, lo aprendí jugando en el colegio, cuando lo que hacíamos con mis compañeros de curso era justamente eso: jugar y gracias.

 

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Lo más importante por esos días era aprovechar al máximo la hora del almuerzo para correr, tocar la pelota todo lo que pudiéramos y olvidarnos, así fuera por cuarenta minutos, de las responsabilidades escolares, a veces tan agobiantes de esos años.

La vaina cambió cuando estábamos en octavo y en la hora de almuerzo de un día cualquiera, el equipo de decimo nos retó a jugar contra ellos. Ellos, más altos y fuertes, más cerca a la adultez que a la infancia, mano a mano contra nosotros.

Ahí se acabó el jugar por jugar y apareció la dichosa palabra. Ganar. No sé por qué no pasó antes ni por qué pasó en ese momento. Quizás porque al ser ellos mayores, la gratificación de vencerlos en verdad alimentaba nuestro ego, o quizás porque queríamos que las niñas de décimo –tan lindas– nos vieran derrotar a sus compañeros, o quizás porque simplemente crecimos y poco a poco se nos fue derrumbando la ingenua felicidad infantil y entonces ganar se volvió importante en medio de todas las derrotas –amorosas, familiares, espirituales– que se alzan en la adolescencia. Quién sabe.

 

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En ese momento todo lo demás dejó de importar. Ya daba lo mismo aprovechar o no los minutos del almuerzo, lo único importante era no llegar a la última hora de clases, sucios y sudorosos, con el insoportable peso de la derrota sobre la espalada. Tener el balón, tocarlo, mimarlo, no servía de nada si no ganábamos.

Y como nuestros rivales eran más fuertes; controlar, poner el cuerpo, levantar la cabeza y entregarla redondita era absurdo, resultaba más útil reventarla y tratar de meterla cómo fuera. Con tal de ganar había que hacer lo que fuera.

Hoy, el recuerdo de cuando jugábamos por jugar –que seguro coincidiría con lo que muchos hoy llaman “jugar bien”– me hace sonreír y a veces, incluso, añorar aquellos días. Pero no deja de ser un recuerdo amarrado a la nostalgia de un pasado feliz y ya.

 

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En cambio, el de los partidos contra décimo es un recuerdo menos lejano. Es, más bien, una extensión del presente, un brazo más de lo que soy hoy. Porque al igual que entonces, cuando me pongo los cortos para jugar fútbol 5 los domingos, así y todo, con el peso de una cirugía de ligamento cruzado y el estado físico de un universitario amante de la pola, solamente quiero ganar. Igual con Millos. Igual contra Santa Fe.

Por eso el próximo martes, en el clásico de vuelta, no quiero nada más, sino ganar. No me importa que Cadavid reviente todo lo que le llegue hacía occidental, ni que el Caracho no entregue más de tres pases redonditos, nada de eso me importa con tal de que, a las 10:30 de la noche, me acueste con la satisfacción de haber ganado.

Foto:
ESPN

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